Musique Espagnole

Blog · Guías

El abanico español: historia, tipos y cómo usarlo

En cualquier terraza andaluza en pleno agosto, o paseando por el Real de la Feria, el gesto se repite: una muñeca gira, el abanico se abre de golpe y llega el aire. Es un objeto tan cotidiano que apenas nos paramos a pensar en él, pero detrás de ese trozo de madera y tela hay siglos de historia, rutas comerciales que cruzan medio mundo y toda una tradición de artesanía que sigue viva hoy en día. Esta guía repasa de dónde viene el abanico español, qué tipos existen —del pericón gigante al abanico de bolsillo pintado a mano—, qué hay de cierto en el famoso “lenguaje del abanico” y cómo elegir el más adecuado según el uso que se le vaya a dar.

La historia del abanico en España

El abanico, tal y como lo entendemos hoy, no es un invento español. Su origen se remonta a Asia —China y Japón llevaban siglos usando abanicos plegables mucho antes de que llegaran a Europa— y su llegada a la Península se produjo a través de las rutas comerciales que conectaban Oriente con los puertos europeos, especialmente a partir del siglo XVI, cuando el comercio con Asia se intensificó gracias a las nuevas rutas marítimas.

Al principio el abanico plegable era un artículo de lujo, importado o copiado a partir de modelos orientales, y su uso quedaba reservado a las clases altas. Pero fue durante los siglos XVIII y XIX cuando el abanico español vivió su gran momento de popularización. La corte y la aristocracia lo adoptaron como complemento indispensable del vestir femenino, y con el auge de la manufactura local —sobre todo en Valencia, una de las grandes cunas de la producción abaniquera europea— el abanico dejó de ser un artículo exclusivamente importado para convertirse en una industria propia, con talleres especializados en tallar el varillaje y pintar la tela a mano.

En el siglo XIX el abanico español alcanzó su máxima expresión simbólica. Se convirtió en un accesorio inseparable de la imagen de “la española” que se difundió por Europa a través de la pintura, la ópera y la literatura de viajeros, en paralelo a otros complementos como la mantilla o la peineta. Y fue también en esta época cuando nació buena parte del mito que rodea al abanico como supuesto instrumento de comunicación amorosa, algo que trataremos con más detalle un poco más adelante. Con el siglo XX, el abanico se democratizó del todo: dejó de ser un lujo exclusivo y pasó a formar parte del ajuar cotidiano de cualquier casa española, siempre a mano para combatir el calor del verano.

El pericón: el gran abanico de Feria

Dentro de la familia de los abanicos españoles, el pericón ocupa un lugar propio y muy reconocible. Se trata de un abanico de gran tamaño —normalmente supera los 30 o 35 centímetros de varillaje, muy por encima de los 20-23 centímetros habituales de un abanico convencional—, con un país (la tela o papel que se despliega) amplio y muy vistoso, pensado para verse desde lejos y para producir mucho aire con un solo movimiento.

El pericón es, sobre todo, el abanico de la Feria de Abril y de las ferias andaluzas en general. Se lleva abierto casi permanentemente, colgado de la muñeca o sujeto en la mano mientras se pasea entre las casetas, y su función es tan estética como práctica: además de refrescar en pleno mes de abril o mayo bajo el sol andaluz, completa visualmente el traje de flamenca y aporta ese punto de color y movimiento tan característico de la fiesta.

La diferencia con un abanico normal no es solo de tamaño. Al ser más grande, el pericón suele tener un varillaje más robusto —a menudo de madera maciza en lugar de plástico o materiales ligeros— y una tela con estampados más llamativos: lunares, flores grandes, colores vivos como el rojo, el fucsia o el verde. Es, en definitiva, un abanico pensado para la ocasión festiva y para el gesto amplio, no para el uso discreto de cada día.

Materiales: madera, varillaje y tela pintada a mano

La calidad de un abanico depende en gran medida de tres elementos: el material del varillaje, la construcción del propio mecanismo y el tratamiento de la tela o país.

El varillaje —las varillas que se despliegan en abanico y sujetan la tela— se fabrica tradicionalmente en madera, aunque también existen versiones en plástico, hueso o incluso materiales más nobles como el nácar o el carey sintético para piezas de gama alta. Los abanicos de madera son los más apreciados en la tradición española: la madera aporta un tacto cálido, un sonido característico al abrirse (el famoso “golpe” del abanico) y suele envejecer mejor que el plástico, que con el tiempo tiende a volverse quebradizo. Dentro de los abanicos de madera hay diferencias notables de calidad según el tipo de madera empleada y el acabado, desde piezas sencillas de producción industrial hasta varillajes tallados a mano.

En cuanto a la tela, la gran distinción está entre el país pintado a mano y el estampado a máquina. Los abanicos pintados a mano son piezas de artesanía en las que cada motivo —flores, escenas costumbristas, paisajes andaluces— se aplica individualmente sobre tela o papel, lo que hace que no haya dos piezas exactamente iguales y que el resultado tenga una profundidad de color y un acabado que el estampado industrial no puede igualar del todo. Lógicamente, esto se refleja en el precio: un abanico pintado a mano cuesta bastante más que uno estampado, pero para quien busca una pieza de recuerdo, un regalo especial o un complemento realmente artesanal, la diferencia se nota a simple vista. Los abanicos estampados, por su parte, cumplen perfectamente su función para el uso diario y permiten precios mucho más accesibles.

El “lenguaje del abanico”: mito y realidad

Es habitual encontrar en internet listados detallados sobre el supuesto “lenguaje del abanico”: que si abrirlo lentamente significa una cosa, que si tocarse la mejilla con él significa otra, que si dejarlo caer es una señal de rechazo y así hasta decenas de gestos codificados. Es una historia bonita y muy vendible, pero conviene tratarla con honestidad porque su base histórica es, como mínimo, muy dudosa.

La mayoría de historiadores del vestuario y de las costumbres sociales coinciden en que este supuesto “código secreto” no era una práctica real y extendida entre las mujeres españolas o europeas de los siglos XVIII y XIX, sino en gran medida una construcción posterior, popularizada especialmente en la época victoriana a través de manuales de etiqueta y folletos comerciales —algunos de ellos publicados directamente por fabricantes de abanicos interesados en dar un halo de misterio y romanticismo a su producto—. Es decir, se trata de un mito con mucho de estrategia de marketing decimonónica más que de una tradición popular documentada con rigor.

Esto no significa que el abanico no tuviera nunca un componente de coqueteo o de comunicación no verbal: como cualquier accesorio que se manipula con las manos cerca de la cara, es lógico que a lo largo de la historia se hayan usado gestos con el abanico de forma espontánea para coquetear, disimular una sonrisa o llamar la atención discretamente. Pero la idea de un “diccionario” cerrado y compartido de significados exactos es, sobre todo, una curiosidad cultural nacida de la nostalgia romántica del XIX, no una práctica documentada de forma seria en la España de la época. Vale la pena conocerla como anécdota divertida, pero sin darle más peso histórico del que realmente tiene.

Cómo elegir el tamaño según el uso

A la hora de comprar un abanico, la pregunta clave no es solo “¿me gusta el diseño?”, sino “¿para qué lo voy a usar?”. El tamaño y el tipo cambian mucho según el contexto.

Para Feria, bodas o cualquier ocasión en la que el abanico se lleve como complemento visible del traje de flamenca o de un vestido de fiesta, el pericón o un abanico grande de varillaje amplio es la opción natural. Se lleva abierto la mayor parte del tiempo, se ve desde lejos y combina con estampados llamativos a juego con el vestido.

Para el uso diario —el bolso, la oficina, el metro en pleno julio—, lo más práctico es un abanico de tamaño más reducido, de unos 18 a 23 centímetros de varillaje, que quepa cómodamente en un bolso de mano sin ocupar demasiado espacio ni pesar en exceso. Aquí un abanico de madera pintado a mano en formato pequeño es una opción muy equilibrada: aporta ese punto artesanal y de calidad sin renunciar a la comodidad de transporte.

También conviene pensar en el peso y el tacto del varillaje: para un uso intensivo —abrir y cerrar muchas veces al día— conviene un mecanismo bien engrasado y varillas resistentes, mientras que para un uso más ocasional o decorativo el criterio estético puede pesar más que la robustez mecánica.

Cuidado básico del abanico

Un abanico bien cuidado puede durar muchísimos años, especialmente si es de madera y tela pintada a mano, así que merece la pena dedicarle unos mínimos cuidados.

Conviene guardarlo siempre cerrado en un lugar seco, a ser posible en su funda o caja original, para evitar que la tela acumule humedad o que las varillas se tuerzan por la presión de otros objetos. No es buena idea dejarlo suelto en el fondo de un bolso grande, donde puede recibir golpes o rozarse con llaves y otros objetos.

La limpieza debe ser siempre suave: un paño seco o ligeramente humedecido para quitar el polvo, evitando el agua en abundancia y los productos abrasivos, que pueden dañar tanto la pintura de la tela como el acabado de la madera. Si el abanico es pintado a mano, hay que tener especial cuidado de no frotar directamente sobre el motivo pintado.

Por último, conviene abrir y cerrar el abanico con un gesto controlado, sin forzar el mecanismo con golpes secos repetidos, porque es precisamente en las varillas donde se concentra el desgaste con el tiempo. Un buen abanico, cuidado con un mínimo de cariño, puede acompañar perfectamente varias ferias seguidas —o incluso pasar de una generación a la siguiente.

Para seguir leyendo

Si el abanico te ha dejado con ganas de completar el resto del look, estos artículos pueden interesarte: