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Enrique Morente: discos imprescindibles de un revolucionario del cante

Un cantaor que nunca dejó de moverse

Pocas trayectorias en la historia del flamenco son tan difíciles de resumir en una sola frase como la de Enrique Morente (Granada, 1942 – Madrid, 2010). Empezó cantando cante puro, ortodoxo, en la línea de los grandes maestros clásicos, y terminó su carrera colaborando con grupos de rock radical vasco, poniendo música a Lorca y a Leonard Cohen, y sirviendo de puente directo entre el flamenco más jondo y las generaciones que hoy escuchan a Rosalía o a C. Tangana. Repasar su discografía es repasar, en realidad, seis décadas de tensiones dentro del flamenco: entre tradición y vanguardia, entre pureza y mestizaje, entre lo que “se puede hacer” y lo que un artista decide hacer de todas formas. No hay una manera fácil de resumir a Morente, pero sí hay una manera de entenderlo: escuchando los discos que marcaron cada una de sus etapas.

Sus inicios ortodoxos en Granada

Enrique Morente Cotelo nació en el barrio granadino de la Cruz, en el corazón del Albaicín, en una familia humilde y ajena al mundo profesional del cante. Se trasladó joven a Madrid, donde frecuentó los tablaos y se formó escuchando y tratando a los grandes cantaores de la época, en particular a Pepe de la Matrona, una autoridad viva de las formas más antiguas y ortodoxas del cante que le transmitió un rigor y un conocimiento de los estilos “puros” —tonás, seguiriyas, soleares— que Morente nunca abandonaría del todo, ni siquiera en sus etapas más experimentales. Sus primeras grabaciones de los años sesenta lo muestran como heredero directo de esa escuela clásica: un cantaor técnicamente completo, con un conocimiento enciclopédico del repertorio, que se movía con naturalidad por todos los palos del cante más severo. Esta etapa inicial es clave para entender todo lo que vino después: Morente no fue un cantante de flamenco que decidió “modernizarse” por falta de raíz, sino todo lo contrario, alguien que dominaba la tradición hasta sus últimos detalles y que, precisamente por eso, se sintió con la autoridad de moverla de sitio.

La etapa de cante puro: los discos de los sesenta y setenta

Los discos que Morente grabó entre finales de los sesenta y los años setenta constituyen, para muchos aficionados y estudiosos, la cima de su cante ortodoxo. Álbumes como “Cante Flamenco” (1967) o “Homenaje a Don Antonio Chacón” (1977) muestran a un cantaor en pleno dominio de las formas clásicas, con una voz flexible, un fraseo personalísimo y una capacidad de matización que ya entonces lo distinguía de sus contemporáneos. El disco dedicado a Chacón es especialmente significativo: Morente rescataba y reinterpretaba el legado de uno de los cantaores más influyentes de la historia, con una fidelidad de estilo que solo podía venir de un conocimiento profundísimo del cante jondo. En estos años también trabajó con guitarristas de referencia como Sabicas, el guitarrista navarro afincado en Nueva York que había sido pionero de la guitarra flamenca de concierto, cuyo acompañamiento aportaba a las grabaciones de Morente una elegancia instrumental que combinaba a la perfección con el rigor vocal del cantaor. En esta etapa Morente ya empezaba a incorporar textos de poetas —Federico García Lorca, Miguel Hernández, San Juan de la Cruz— a formas cantables tradicionales, un gesto que en su día resultaba llamativo pero que, comparado con lo que haría después, era todavía profundamente respetuoso con la ortodoxia formal del cante.

Primeras rupturas: “Homenaje a Don Antonio Chacón” y el giro hacia la vanguardia

A caballo entre los setenta y los ochenta, Morente empezó a dar pasos cada vez más decididos hacia terrenos nuevos, sin abandonar todavía la estructura reconocible del cante flamenco. Discos como “Despegando” (1977) —cuyo título ya es toda una declaración de intenciones— incorporaban arreglos y colaboraciones que se alejaban del acompañamiento clásico de guitarra sola, explorando texturas orquestales y una producción más elaborada. Es en esta época cuando Morente empieza a ser visto por una parte de la crítica y del público flamenco tradicional con cierta suspicacia: el cantaor que hasta hacía poco parecía guardián de la ortodoxia empezaba a comportarse como un artista inquieto, dispuesto a experimentar con formatos y sonoridades ajenas al flamenco clásico. Este periodo de transición es fundamental porque preparó el terreno —y también curtió a Morente frente a la polémica— para el salto que daría en los noventa, uno de los más radicales que se han dado nunca dentro del flamenco.

El salto arriesgado: “Omega” (1996) con Lagartija Nick

Si hay un disco que resume la figura de Enrique Morente para el gran público es “Omega” (1996), grabado junto al grupo de rock granadino Lagartija Nick, una de las bandas de referencia del llamado rock radical y del indie español de los noventa. La idea, que hoy parece obvia en retrospectiva pero que en su momento resultaba casi inconcebible, era sencilla y a la vez enormemente arriesgada: unir el cante flamenco más hondo con las guitarras eléctricas, la distorsión y la estética del rock alternativo, usando como columna vertebral textual el “Poeta en Nueva York” de Federico García Lorca y, en varios cortes, canciones de Leonard Cohen —entre ellas una versión de “Take This Waltz” convertida en “Pequeño vals vienés”— traducidas y reinterpretadas desde el cante. El resultado es un disco denso, oscuro, hipnótico, que suena tan a Granada como a Nueva York, y que convirtió a Morente, de la noche a la mañana, en una referencia para públicos que jamás habían escuchado un disco de flamenco. “Omega” no fue un experimento aislado ni una operación de marketing: nació de la amistad y la admiración mutua entre Morente y los músicos de Lagartija Nick, y se grabó con la convicción compartida de que el flamenco y el rock más under podían hablar el mismo idioma emocional, el de la ruptura y la intensidad. Con el paso de los años, “Omega” ha sido reivindicado como uno de los discos más importantes de la música española de finales del siglo XX, dentro y fuera del flamenco, y es probablemente la puerta de entrada más habitual a la obra de Morente para quien no viene del mundo flamenco.

La polémica que generó entre los puristas

El impacto de “Omega” no fue solo artístico: fue también, y de forma muy intensa, una polémica. Una parte importante de la afición flamenca más ortodoxa, y algunos críticos especializados, acusaron a Morente de traicionar el cante, de mezclar sin criterio dos mundos que consideraban incompatibles, e incluso de utilizar su prestigio como cantaor “serio” para dar legitimidad a un producto que, a su juicio, poco tenía que ver ya con el flamenco. Morente respondió a estas críticas con una calma y una firmeza que se convirtieron, con el tiempo, en parte de su leyenda: defendía que el flamenco siempre había sido, históricamente, un arte de mestizaje —recordaba los cantes de ida y vuelta, la influencia de músicas americanas, la propia evolución del cante jondo a lo largo de los siglos— y que cerrarlo en una supuesta pureza inmutable era, en realidad, una forma de matarlo. Esta polémica no se limitó a “Omega”: lo acompañó en discos posteriores igual de arriesgados, como “Omega” en directo o sus colaboraciones con artistas de jazz, rock y música electrónica. Con el tiempo, sin embargo, la propia historia le fue dando la razón: muchos de los cantaores y guitarristas que en los noventa cuestionaban a Morente terminaron reconociendo, años después, que había abierto un camino que el flamenco necesitaba para seguir vivo y no convertirse en una música de museo.

Su influencia en Rosalía, Estrella Morente y el flamenco urbano actual

La huella de Enrique Morente en la música española actual es, sencillamente, imposible de exagerar. Su hija, Estrella Morente, una de las voces más respetadas del flamenco contemporáneo, es la continuación más directa y evidente de su legado: heredó de su padre no solo el dominio técnico del cante sino también esa misma libertad para moverse entre lo puro y lo experimental, algo que se aprecia en sus propias colaboraciones fuera del flamenco estricto, incluida su participación en bandas sonoras de Pedro Almodóvar. Pero la influencia de Morente va mucho más allá del círculo familiar. Rosalía, que ha reconocido en numerosas entrevistas su formación flamenca profunda anterior al pop experimental de discos como “El mal querer”, forma parte de una generación de artistas que dan por sentado algo que en los noventa era motivo de escándalo: que el flamenco puede dialogar con el trap, el R&B, el pop electrónico o el rock sin dejar de ser flamenco. Ese camino, hoy tan transitado por artistas del llamado “flamenco urbano” o “nuevo flamenco” —desde Niño de Elche hasta María José Llergo, pasando por proyectos que mezclan cante con electrónica—, tiene en “Omega” y en la trayectoria completa de Morente su precedente más claro y más citado. No es casualidad que Niño de Elche, uno de los artistas más radicales del flamenco actual, reconozca abiertamente en Morente a su principal referente, ni que buena parte de la crítica musical española sitúe a Rosalía como heredera de una línea de experimentación que Morente abrió en solitario, y casi sin compañía, treinta años antes.

Sus últimos años y legado

En la década de los 2000, Morente siguió grabando discos que combinaban su respeto reverencial por la tradición con su apetito intacto por la experimentación. “Lorca” (1998) profundizaba en el universo del poeta granadino que tanto había marcado su obra; “El pequeño reloj” (2003) y, sobre todo, “Morente sueña la Alhambra” (2005) —grabado en directo en el propio recinto nazarí con un elenco de músicos de jazz, flamenco y música clásica— mostraban a un artista en plena madurez, capaz de reunir en un mismo escenario a figuras tan distintas como el guitarrista Vicente Amigo y músicos de jazz internacional. Su último gran proyecto en vida fue “El pequeño reloj” y las colaboraciones con su hija Estrella en discos y giras conjuntas, además de su cercanía con artistas jóvenes de estilos muy diversos, a los que apoyó públicamente en un momento en que muchas figuras consagradas del flamenco preferían mantener las distancias con la música popular contemporánea. Enrique Morente murió en Madrid en diciembre de 2010, a los 67 años, tras complicaciones surgidas de una operación quirúrgica, dejando una discografía que ningún aficionado al flamenco —ni tampoco al rock, ni a la música de autor, ni a la poesía puesta en música— puede permitirse ignorar. Hoy está considerado, junto a Camarón de la Isla, la figura que definió el flamenco de la segunda mitad del siglo XX: uno como renovador del cante acompañado, el otro como el hombre que demostró que el cante jondo podía hablar, sin perder su alma, el idioma de cualquier otra música del mundo.

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