Rosalía y el nuevo flamenco: la polémica que cambió el género
Una formación flamenca ortodoxa antes de la polémica
Antes de convertirse en fenómeno global, Rosalía fue durante años una alumna disciplinada de cante flamenco tradicional. Estudió en el Institut Superior de Música (ESMUC) de Barcelona bajo la tutela de Catalina “La Chaqueta”, cantaora y profesora de raíz gitana que le transmitió el cante más puro y ortodoxo: soleares, seguiriyas, tonás, todo el repertorio jondo que sostiene el edificio del flamenco desde dentro. Esa etapa de formación no fue un gesto simbólico ni un adorno curricular: Rosalía pasó años cantando en peñas flamencas, aprendiendo de memoria letras centenarias y sometiéndose al juicio de un mundo, el flamenco tradicional, que no regala reconocimiento a nadie por currículum.
El resultado de esa etapa fue “Los Ángeles” (2017), su álbum de debut, grabado junto al guitarrista Raül Refree con una instrumentación mínima —voz y guitarra, apenas algún adorno— y un repertorio de cante flamenco reconocible por cualquier aficionado ortodoxo. La crítica especializada, en general, recibió el disco con sorpresa y respeto: aquí había una cantaora catalana, sin ascendencia gitana, que sin embargo dominaba el cante con un rigor técnico difícil de discutir. “Los Ángeles” funcionó, en cierto modo, como una credencial: la prueba de que Rosalía conocía las reglas del juego antes de proponerse romperlas.
El salto: “El Mal Querer” (2018)
Todo cambió con “El Mal Querer”, el álbum conceptual que Rosalía presentó como su trabajo de fin de grado en la ESMUC y que acabó convirtiéndose en un fenómeno cultural con proyección internacional. Estructurado como una novela musical en once capítulos inspirada en “Flamenca”, una historia occitana medieval sobre el amor posesivo y la violencia de género, el disco mezclaba palos flamencos con trap, R&B, música urbana y producción electrónica contemporánea, firmada en parte junto al productor El Guincho.
La diferencia con “Los Ángeles” era radical. Donde el primer disco proponía flamenco puro con una instrumentación depurada, “El Mal Querer” incorporaba palmas procesadas electrónicamente, samples, autotune ocasional y estructuras de canción propias del pop urbano, todo ello sin abandonar del todo el cante: seguían apareciendo bulerías, tangos o coplas dentro de ese armazón sonoro nuevo. Canciones como “Malamente” o “Pienso en tu mirá” se convirtieron en éxitos masivos, con millones de reproducciones y una repercusión mediática que ningún disco de flamenco había tenido en décadas. Rosalía pasó, en cuestión de meses, de ser una promesa dentro del circuito flamenco a una estrella pop global, ganadora de Grammys Latinos y con colaboraciones junto a artistas como J Balvin, Travis Scott o Billie Eilish.
La polémica: apropiación cultural y legitimidad
El éxito de “El Mal Querer” trajo consigo una polémica que sigue viva años después. El debate se puede resumir en una pregunta incómoda: ¿tiene legitimidad una artista catalana, sin ascendencia gitana ni vínculo familiar con la tradición flamenca, para convertirse en la cara global del género y, además, beneficiarse comercialmente de una tradición que no es “suya” en sentido étnico o cultural?
Los críticos más duros señalan varios puntos. Primero, que el flamenco es, históricamente, un arte forjado por el pueblo gitano en condiciones de marginación y pobreza, y que su reconocimiento internacional ha llegado con más rapidez y recompensa económica para una artista paya que para generaciones de cantaores gitanos que nunca tuvieron ese acceso a los grandes medios ni a las discográficas globales. Segundo, que ciertos elementos estéticos del disco —el uso de la palabra “gitana” en algunas letras, la iconografía visual de sus videoclips, referencias a santería o simbología asociada a la cultura gitana— fueron percibidos por parte del colectivo gitano como una apropiación superficial, extraída de la tradición sin el contexto ni el respeto debido. Organizaciones y artistas gitanos, entre ellos cantaores y activistas, expresaron públicamente su malestar por lo que consideraban una utilización comercial de símbolos culturales ajenos.
Los defensores de Rosalía, por su parte, argumentan que el flamenco, como cualquier arte vivo, nunca ha sido una tradición cerrada ni “pura” en un sentido esencialista: ya nació de un mestizaje entre culturas gitana, andaluza, árabe y judía, y su historia está llena de fusiones e influencias externas. Señalan además que Rosalía se formó durante años de manera seria y rigurosa, que su disco de debut demuestra dominio técnico real del cante, y que la experimentación con nuevos sonidos es precisamente lo que ha mantenido vivo el flamenco a lo largo de su historia, en vez de convertirlo en una pieza de museo.
El precedente de Enrique Morente y “Omega”
Esta no es la primera vez que el mundo flamenco vive una polémica de este tipo, y conviene recordar un precedente directo: Enrique Morente y su disco “Omega” (1996). Morente, cantaor granadino de raíz gitana y trayectoria intachable dentro del flamenco más ortodoxo, sorprendió a la crítica al grabar un disco que fusionaba cante flamenco con rock alternativo, colaborando con el grupo Lagartija Nick y tomando textos de Federico García Lorca y Leonard Cohen como base lírica.
La reacción de una parte del sector más purista fue de rechazo frontal: se le acusó de traicionar el cante, de “vender” el flamenco al mercado del rock, de abandonar la ortodoxia que él mismo había defendido durante toda su carrera. Sin embargo, con el paso de los años, “Omega” ha acabado siendo reconocido como una de las obras más influyentes e innovadoras de la historia del flamenco moderno, un puente directo entre la tradición jonda y las nuevas generaciones de oyentes que llegaron al flamenco a través del rock. El paralelismo con Rosalía es evidente: ambos artistas, formados en la ortodoxia, decidieron romper moldes desde dentro, y ambos recibieron por ello un rechazo inicial que el tiempo ha ido matizando, aunque en el caso de Morente el debate giraba principalmente en torno a la pureza estética, mientras que en el de Rosalía se añade la dimensión, más delicada, de la identidad cultural y étnica.
Defensores y detractores dentro del mundo flamenco
El debate sobre Rosalía no es unánime ni siquiera dentro del propio flamenco. Cantaores y guitarristas de prestigio se han posicionado en direcciones opuestas. Algunas voces del flamenco más tradicional han cuestionado abiertamente su legitimidad para representar el género a nivel internacional, argumentando que su éxito eclipsa mediáticamente a artistas gitanos con trayectorias mucho más largas y una relación de sangre y vida con la tradición. Otros, en cambio, han defendido públicamente su talento y su rigor técnico, recordando que el flamenco necesita savia nueva y visibilidad para sobrevivir en un mercado musical global cada vez más fragmentado.
Es revelador que buena parte de la industria flamenca —festivales, peñas, sellos discográficos especializados— haya mantenido una postura ambivalente: reconocen el impacto positivo de Rosalía en términos de visibilidad y de atracción de nuevas audiencias jóvenes hacia el flamenco, pero al mismo tiempo insisten en la necesidad de que ese foco mediático se traduzca también en oportunidades reales para los artistas flamencos gitanos que sostienen la tradición en el día a día, lejos de los grandes escenarios internacionales.
Impacto en la popularización global del flamenco
Al margen de la polémica, es innegable que Rosalía ha tenido un impacto extraordinario en la visibilidad internacional del flamenco. Gracias a “El Mal Querer” y a sus trabajos posteriores, millones de oyentes que nunca habían tenido contacto con el género —sobre todo público joven y de fuera de España— han descubierto palos, ritmos y estéticas flamencas a través de un vehículo pop que resultaba mucho más accesible que un disco de cante puro. Ese efecto de “puerta de entrada” ha beneficiado, en la práctica, a festivales flamencos, a la venta de discos de artistas más tradicionales y al interés general por la cultura flamenca en plataformas de streaming.
Al mismo tiempo, este fenómeno reabre una pregunta que el flamenco lleva planteándose desde hace más de un siglo, mucho antes de Rosalía o de Morente: ¿hasta qué punto puede fusionarse un arte sin perder su identidad, y quién tiene derecho a decidir dónde está esa frontera? No hay una respuesta cerrada, y probablemente no la habrá nunca, porque el propio flamenco se ha construido históricamente a base de tensiones similares. Lo que sí parece claro es que, guste o no el resultado artístico concreto, Rosalía ha obligado a la industria musical global a mirar de nuevo hacia el flamenco, y esa atención, bien gestionada, puede convertirse en una oportunidad real para todo el género, no solo para ella.
Para seguir leyendo
Para entender mejor el precedente más directo de esta polémica, conviene revisar la trayectoria de otro renovador que también dividió al mundo flamenco en su día: Enrique Morente: discos imprescindibles de un revolucionario del cante.
Si quieres situar a Rosalía dentro de la genealogía de artistas que rompieron moldes desde el cante más puro, este repaso es un buen punto de partida: Los mejores discos de Camarón de la Isla para descubrir su legado.
Y para tener una visión completa de cómo ha evolucionado el género hasta llegar a este debate, no te pierdas Historia del flamenco: de los orígenes al siglo XXI.