Niño de Medina
¿Quién es Niño de Medina?
José María Rodríguez de la Rosa, conocido artísticamente como Niño de Medina, nació el 8 de octubre de 1875 en Arcos de la Frontera (Cádiz). Cantaor payo, debe su nombre artístico a su padre, el célebre Medina el Viejo, reconocido especialista de la petenera, de quien heredó tanto el sobrenombre como buena parte de su repertorio desde la infancia.
Creció, por tanto, dentro de una casa donde el cante formaba parte de la vida cotidiana, y se familiarizó desde niño con los estilos que después haría suyos sobre los escenarios, en particular la petenera, un cante especialmente exigente en el que pocos artistas de su generación llegaron a alcanzar su nivel de dominio.
Trayectoria
Se formó directamente con su padre, Medina el Viejo, del que aprendió no solo la técnica sino la manera de entender y sentir la petenera. Con esa herencia, debutó y actuó con asiduidad en los grandes cafés cantantes de Sevilla, especialmente en el célebre Café Novedades, uno de los templos del cante de finales del siglo XIX y principios del XX, y llevó su arte a los escenarios más importantes del país.
A lo largo de su carrera compartió cartel y grabación con guitarristas de primer nivel, entre ellos Ramón Montoya, uno de los tocaores más influyentes de la historia del flamenco, con quien dejó registros de peteneras que hoy se conservan como documento sonoro de aquella escuela sevillana.
Palos y discografía
Su especialidad indiscutible fue la petenera, cante que dominaba con una autoridad heredada directamente de su padre, aunque también cultivó la bulería y la soleá, ampliando así un repertorio que le permitió actuar con solvencia en los distintos ambientes del cante de su época. Las grabaciones que realizó junto a Ramón Montoya constituyen su legado discográfico más citado.
Legado
Niño de Medina murió en Sevilla en 1939. Su aportación principal fue transmitir y mantener viva la escuela de peteneras de Medina el Viejo, asegurando que ese estilo particular no se perdiera con el paso de las generaciones. Los cantaores que lo escucharon reconocieron en él a un maestro capaz de interpretar ese cante con una dulzura y un arte que lo distinguieron dentro del panorama flamenco de su tiempo.