Flamenco y cine: las películas que hay que ver
Por qué el cine y el flamenco se han buscado tanto
El flamenco es, ante todo, un arte que sucede en directo: en el compás compartido entre cantaor, guitarrista y bailaor no hay dos ejecuciones iguales, y esa condición efímera es justo lo que lo hace tan difícil de trasladar a una pantalla sin traicionarlo. Aun así, el cine español —y en menor medida el internacional— ha vuelto una y otra vez sobre el flamenco, buscando fórmulas capaces de capturar algo de esa tensión escénica sin convertirla en un documental plano de archivo. Ningún director ha explorado esa relación con tanta constancia y tantos resultados distintos como Carlos Saura, cuya obra flamenca se extiende a lo largo de casi tres décadas y constituye, por sí sola, el mejor punto de partida para cualquiera que quiera acercarse al género a través del cine.
La trilogía flamenca de Carlos Saura y Antonio Gades (1981-1986)
El núcleo de esa obra es la llamada trilogía flamenca, formada por tres largometrajes que Saura rodó junto al bailaor y coreógrafo Antonio Gades entre 1981 y 1986, cada uno basado en una obra previa —literaria, operística o musical— reinterpretada íntegramente a través de la danza.
Bodas de sangre (1981) abre la serie adaptando la obra teatral homónima de Federico García Lorca, y lo hace de una manera muy particular: la película muestra a la compañía de Gades ensayando la coreografía en una sala de baile desnuda, sin apenas decorado, hasta fundirse con la representación completa de la historia de la novia que, el día de su boda, sigue enamorada de su antiguo pretendiente Leonardo. Esa decisión de mostrar el proceso de ensayo antes que el resultado ya pulido fue una de las claves de su originalidad.
Carmen (1983), la segunda entrega, da un paso más allá y convierte el propio rodaje en materia narrativa: Antonio, director de una compañía de baile interpretado por Gades, prepara una versión flamenca de la ópera de Bizet y se obsesiona con la bailarina que ha elegido para el papel protagonista, también llamada Carmen e interpretada por Laura del Sol, hasta que la frontera entre la ficción que ensayan y lo que les ocurre a los propios intérpretes se difumina por completo.
El amor brujo (1986) cierra la trilogía adaptando la partitura de Manuel de Falla, con un reparto que vuelve a reunir a Antonio Gades en el papel de Carmelo, Cristina Hoyos como Candela y Laura del Sol como Lucía, en una historia de amores cruzados entre dos parejas que se resuelve en el ritual final de la “danza ritual del fuego”. A diferencia de las dos anteriores, esta película se rueda ya casi por completo en un plató estilizado, con una puesta en escena más cercana al musical de cámara que al drama realista de Bodas de sangre.
Las tres películas comparten protagonistas —Antonio Gades y Cristina Hoyos encabezan el reparto de las tres, con Laura del Sol como tercer vértice en Carmen y El amor brujo— y una misma apuesta central: filmar el baile flamenco con el respeto y la atención de una obra de teatro danzado, sin recurrir a la fragmentación habitual del videoclip ni a un exceso de artificio narrativo alrededor. Es, todavía hoy, la referencia obligada para entender hasta qué punto el cine puede ponerse al servicio del baile en lugar de al revés.
Sevillanas (1992): el flamenco coral antes del gran documental
Antes de emprender su siguiente gran proyecto documental, Saura rodó Sevillanas (1992), una película mucho más breve y coral que reúne en un mismo espacio escénico a un elenco muy amplio de artistas para interpretar distintos estilos de sevillanas, desde las más tradicionales hasta variantes con guitarra flamenca de concierto. Entre los participantes figuran nombres tan dispares dentro del panorama flamenco y de la copla como Camarón de la Isla, Rocío Jurado, Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar, lo que convierte a Sevillanas en un adelanto, en formato reducido, de la fórmula coral que Saura desarrollaría a fondo tres años más tarde.
Flamenco (1995): el mosaico coral de Saura y Vittorio Storaro
Con Flamenco (1995), Saura abandona por completo la narrativa de ficción y propone algo distinto: un documental compuesto enteramente por actuaciones musicales y de baile, rodadas en un plató desnudo y estructuradas en torno a trece palos distintos, del cante martinete a la bulería. La fotografía corrió a cargo de Vittorio Storaro, colaborador habitual de Bernardo Bertolucci, cuyo trabajo con la luz —proyectando sombras y siluetas de gran fuerza plástica sobre fondos neutros— resultó decisivo para que la crítica internacional recibiera la película como una de las mejores nunca rodadas sobre danza, según llegó a valorar la revista británica Sight and Sound. Por delante de la cámara desfila una nómina de artistas de primer nivel, entre ellos Paco de Lucía, Enrique Morente, Manolo Sanlúcar, Joaquín Cortés, Tomatito, José Mercé y Mario Maya, lo que convierte la película en un documento casi enciclopédico del flamenco de los años noventa.
Iberia (2005): Albéniz llevado a la danza
En Iberia (2005), Saura cambia de fuente musical y parte de la suite homónima del compositor Isaac Albéniz para construir una serie de piezas coreografiadas que combinan flamenco, danza española y elementos de danza contemporánea. El reparto reúne a bailarines como Sara Baras, Antonio Canales, José Antonio Ruiz y Aída Gómez, junto a músicos como Manolo Sanlúcar, Gerardo Núñez y Jorge Pardo y a los cantaores Enrique Morente y su hija Estrella Morente. La película fue reconocida con el Premio Goya a la Mejor Fotografía en 2006, de nuevo gracias al trabajo de Vittorio Storaro.
Flamenco, Flamenco (2010): la segunda mirada coral
Casi quince años después de su primer documental sobre el género, Saura volvió a la misma fórmula coral con Flamenco, Flamenco (2010), concebida como una segunda parte de aquella película de 1995 pero sin buscar ya la relación narrativa entre número y número, sino dejando que cada actuación construya su propio sentido visual de forma autónoma. El reparto incluye de nuevo a Paco de Lucía, junto a Sara Baras, José Mercé, Estrella Morente, Manolo Sanlúcar, Miguel Poveda, Tomatito y Eva Yerbabuena, en lo que constituye un segundo gran documento coral del flamenco de comienzos del siglo XXI, dos décadas después del primero.
Cómo empezar a verlas
Para quien se acerca por primera vez a esta filmografía, el orden más recomendable no es necesariamente el cronológico sino el que va de lo más narrativo a lo más coral: empezar por Bodas de sangre o Carmen, que todavía cuentan una historia reconocible aunque sea a través de la danza, para pasar después a El amor brujo y terminar con los dos documentales corales, Flamenco e Iberia o Flamenco, Flamenco, ya sin necesidad de seguir una trama. Ver la trilogía completa antes que los documentales ayuda además a reconocer, en estos últimos, a muchos de los mismos intérpretes —empezando por Antonio Gades y Cristina Hoyos— en un contexto distinto, el de la actuación pura sin ficción alrededor.
Para seguir leyendo
- Para conocer a fondo al bailaor que protagoniza la trilogía completa, Antonio Gades repasa su trayectoria junto a Carlos Saura y su forma de entender la danza.
- Cristina Hoyos fue la otra gran protagonista de estas películas: su ficha, Cristina Hoyos, explica cómo llegó a esa colaboración y qué hizo después.
- Para situar estas películas dentro del recorrido general del género, Historia del flamenco: de los orígenes al siglo XXI ofrece el contexto histórico necesario.