El Concurso de Cante Jondo de 1922: la noche que Falla y Lorca quisieron salvar el flamenco
Granada, junio de 1922: el escenario de la Alhambra
Los días 13 y 14 de junio de 1922, coincidiendo con las fiestas del Corpus Christi, se celebró en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra de Granada el Concurso de Cante Jondo, el primer certamen de ámbito nacional dedicado en exclusiva a este arte. No fue una iniciativa cualquiera ni un espectáculo turístico más de los muchos que ya proliferaban en la Andalucía de la época: fue una cruzada cultural impulsada por dos de las figuras más influyentes de la vida artística española del momento, el compositor Manuel de Falla y el joven poeta Federico García Lorca, entonces todavía al principio de su carrera.
El escenario elegido no era casual. Celebrar el concurso en la propia Alhambra, con la escenografía nocturna de la fortaleza nazarí como telón de fondo, buscaba deliberadamente elevar el cante jondo a la categoría de arte mayor, sacándolo del ambiente de taberna y espectáculo comercial en el que sus organizadores creían que se estaba degradando. Para la decoración del escenario contaron con la colaboración del pintor Ignacio Zuloaga, que aportó los telones de fondo, mientras que el guitarrista Andrés Segovia participó activamente tanto en la organización como, más tarde, en el jurado.
Por qué Falla y Lorca decidieron organizarlo
La motivación de fondo era una honda preocupación compartida por Falla y Lorca ante lo que percibían como una decadencia irreversible del cante jondo más antiguo y puro —tonás, seguiriyas primitivas, martinetes— frente al fenómeno conocido como Ópera Flamenca: un modelo de espectáculo comercial, con grandes teatros y figuras mediáticas, que según sus críticos favorecía cantes más ligeros y vistosos como el fandango o la copla andaluza en detrimento de los cantes jondos tradicionales, considerados más difíciles y menos rentables sobre un escenario.
Falla, que llevaba años estudiando la relación entre el cante jondo y otras tradiciones musicales antiguas para su propia obra de concierto, temía que esos cantes primitivos desaparecieran para siempre con la generación de cantaores mayores que aún los conservaba en la memoria oral, sin haber sido nunca fijados por escrito ni grabados. Para financiar el proyecto, Falla, Lorca y un amplio grupo de intelectuales y artistas firmaron una carta colectiva fechada el 31 de diciembre de 1921 solicitando al Ayuntamiento de Granada una subvención de 12.000 pesetas; entre los firmantes figuraban, junto a Falla y Lorca, nombres como los compositores Joaquín Turina y Óscar Esplá o el propio Juan Ramón Jiménez, lo que da una idea del respaldo intelectual que logró reunir la iniciativa desde el primer momento.
Una decisión de fondo marcó todo el planteamiento del concurso: para evitar que ganaran los profesionales ya consagrados por la Ópera Flamenca —precisamente lo que se quería combatir—, el premio en metálico quedó reservado a cantaores aficionados, no profesionales, mientras que las grandes figuras ya establecidas actuaron fuera de concurso como reclamo para atraer público a las gradas de la Alhambra.
El jurado y el desarrollo de las dos noches
El jurado estuvo presidido por Antonio Chacón, considerado entonces el cantaor más prestigioso y con mayor autoridad de toda Andalucía, y contó también con la participación de la cantaora La Niña de los Peines y del guitarrista Andrés Segovia, entre otras personalidades del mundo artístico e intelectual convocadas para la ocasión. Durante las dos jornadas del concurso, decenas de cantaores aficionados llegados de distintos puntos de Andalucía se presentaron ante un público multitudinario que llenó la Plaza de los Aljibes, en una puesta en escena que combinaba la solemnidad del entorno monumental con la emoción directa del cante.
Diego Bermúdez “El Tenazas”: el ganador que nadie esperaba
El resultado del concurso terminó convirtiéndose en parte fundamental de su leyenda. El jurado decidió declarar desierto el Premio de Honor y concedió en su lugar dos primeros premios extraordinarios de mil pesetas cada uno, financiados respectivamente por Ignacio Zuloaga y por el Ayuntamiento de Granada. Uno de esos dos premios recayó en Diego Bermúdez Calas, “El Tenazas”, un cantaor sevillano de unos setenta años, prácticamente retirado y olvidado por el circuito profesional, que según distintas fuentes vivía dedicado a otros oficios ajenos al cante en el momento del concurso.
Su triunfo tuvo un enorme valor simbólico para los organizadores: encarnaba exactamente el tipo de cantaor veterano, ajeno a la Ópera Flamenca y depositario de un cante antiguo y depurado, que el concurso quería reivindicar frente al espectáculo comercial. El propio Falla, impresionado por su cante, organizó meses más tarde una sesión de grabación en Madrid que dejó constancia sonora de “El Tenazas”, el único testimonio grabado que se conserva hoy de su voz.
El otro primer premio extraordinario, también de mil pesetas, recayó en un participante muy distinto: el niño sevillano Manuel Ortega, que con el tiempo se convertiría en uno de los grandes cantaores del siglo XX bajo el nombre de Manolo Caracol. El contraste entre ambos ganadores —un anciano casi olvidado y un niño que estaba empezando una carrera que duraría décadas— resume bien el espíritu con el que se planteó el concurso: no se premiaba la fama ni el éxito comercial, sino la autenticidad del cante.
Un legado debatido: ¿cumplió el concurso su objetivo?
Más de un siglo después, el balance del Concurso de Cante Jondo de 1922 sigue siendo objeto de debate entre historiadores y aficionados. Ya en su momento hubo voces críticas en la prensa y cierto desencanto artístico por parte de algunos organizadores, incluidos el propio Falla y Chacón, respecto al nivel real de los cantaores aficionados que se presentaron, muy alejado en muchos casos del ideal de pureza que se buscaba. La Ópera Flamenca, lejos de frenarse, siguió creciendo con fuerza durante las décadas siguientes, y muchos de los cantes jondos más antiguos que preocupaban a Falla y Lorca acabaron efectivamente perdiéndose o quedando reducidos a un terreno muy minoritario.
Sin embargo, pese a esas limitaciones prácticas, el consenso actual entre historiadores del flamenco es que el concurso resultó decisivo por razones que van más allá de su resultado artístico inmediato: fue el momento en que el flamenco, y en concreto el cante jondo, se convirtió por primera vez en objeto de reflexión intelectual seria por parte de figuras centrales de la cultura española del siglo XX, dotándolo de un prestigio y una legitimidad artística de los que hasta entonces había carecido en buena parte de los círculos cultos. Esa legitimación, más que el concurso en sí, es la que muchos consideran hoy su verdadero legado: sin ella resulta difícil explicar el interés posterior de compositores, escritores y estudiosos por un arte que hasta 1922 muchos seguían mirando con cierto desdén.
Para seguir leyendo
- Para entender el contexto general en el que se sitúa este episodio, Historia del flamenco: de los orígenes al siglo XXI recorre las etapas que llevaron hasta 1922 y lo que vino después.
- Si quieres precisar exactamente qué distinguía al cante jondo de los cantes más ligeros que el concurso quería contrarrestar, Cante jondo vs. cante chico: diferencias lo explica en detalle.