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Flamenco en Eurovisión: un repaso histórico

Un mito que conviene desmontar primero

Cuando se habla de “flamenco en Eurovisión”, la asociación mental automática de mucha gente es España en general: como si cualquier canción española en el festival llevara flamenco por el simple hecho de venir de España. Es un error de bulto, y el ejemplo más claro es también el más famoso de toda la historia española en el certamen: “La, la, la”, de Massiel, ganadora en 1968. Es, con diferencia, la victoria más recordada de España en Eurovisión, y sin embargo no tiene ningún componente flamenco identificable. Escrita por Manuel de la Calva y Ramón Arcusa, del dúo Los Brincos, “La, la, la” está clasificada musicalmente como europop y easy listening: un tema de estribillo pegadizo, producción ligera y estética yeyé, deudor de las tendencias pop que dominaban media Europa a finales de los sesenta, sin guitarra flamenca, sin compás por bulerías ni por tangos, sin palmas ni inflexión alguna de cante jondo en la interpretación de Massiel. Fue una victoria histórica para España, pero no fue una victoria del flamenco, y tratarla como tal es forzar una etiqueta que la canción no lleva.

Este artículo hace justo lo contrario: repasa, participación por participación, cuáles de las canciones españolas en Eurovisión incluyeron de verdad un elemento flamenco reconocible —guitarra flamenca, compás por algún palo, cante con inflexiones jondas, baile flamenco en la puesta en escena o palmeros acompañando— y cuáles quedan fuera aunque la memoria colectiva las asocie erróneamente con el género.

1961 — Conchita Bautista, “Estando contigo”

La primera participación española en la historia del festival ya llevaba flamenco en su ADN, aunque filtrado por la estética comercial de la época. “Estando contigo”, compuesta por Augusto Algueró, se clasifica habitualmente como flamenco-yeyé: un híbrido entre aires flamencos en la melodía y el compás, y la producción pop ligera que empezaba a imponerse en la España de los primeros sesenta. Conchita Bautista, además, actuó vestida con un traje prestado de Carmen Sevilla, en un montaje escénico que apelaba directamente al imaginario español más folclórico. Quedó novena de dieciséis participantes, con ocho puntos: un resultado discreto, pero una participación con componente flamenco real, no solo de etiqueta.

1974 — Peret, “Canta y sé feliz”

El caso de Peret es el más matizado de todo este repaso. “Canta y sé feliz” fue la primera rumba que España llevó a Eurovisión, y Peret es, con toda justicia, la figura central de la rumba catalana, un palo festero que nace del contacto entre la comunidad gitana catalana y el flamenco andaluz y que comparte con este buen parte de su lenguaje rítmico y su técnica de guitarra rasgueada. No es flamenco en sentido estricto —es un género hermano, con identidad propia y raíces geográficas distintas—, pero su parentesco directo con el compás flamenco y su presencia constante en el repertorio de palos festeros como la rumba flamenca justifican incluirlo aquí con matices, más que descartarlo sin más. Peret actuó con su guitarra y acompañado de coristas y palmeros, en una puesta en escena que remitía claramente a esa tradición compartida. Quedó noveno de diecisiete participantes.

1983 — Remedios Amaya, “¿Quién maneja mi barca?”

Aquí no hay ninguna duda posible. Remedios Amaya, cantaora gitana ya reconocida en el circuito flamenco antes de su paso por Eurovisión, llevó a Múnich una canción que mezclaba el compás flamenco con sintetizadores y arreglos electrónicos de la época, pero sin diluir en ningún momento el fondo jondo de la interpretación. Es, probablemente, la participación española con el componente flamenco vocal más puro de todo este listado, con una Remedios Amaya que además actuó descalza sobre el escenario. El resultado —cero puntos, último puesto compartido con Turquía— quedó en la memoria colectiva española como un fracaso sonoro, pero desde el punto de vista puramente musical es una de las entradas con más autenticidad flamenca de la historia del festival.

1990 — Azúcar Moreno, “Bandido”

Las hermanas Salazar, Toñi y Encarna, llegaron a Zagreb con “Bandido”, una canción etiquetada musicalmente como nuevo flamenco y tecno-rumba, escrita por Raúl Orellana y Jaime Stinus. El tema combina el compás y la fuerza vocal flamenca con una producción de sintetizadores y ritmo bailable muy propia de finales de los ochenta, sin renunciar por ello a las palmas y al fraseo característico del cante. Quedó quinta de veintidós participantes, con 96 puntos, y el sencillo llegó a vender más de un millón y medio de copias, convirtiéndose en el mayor éxito comercial de todas las participaciones flamencas españolas en el festival.

1996 — Antonio Carbonell, “¡Ay, qué deseo!”

Esta participación tiene una genealogía flamenca casi imposible de discutir. “¡Ay, qué deseo!” fue compuesta por Antonio Carmona, José Miguel Carmona y Juan Carmona, es decir, los miembros de Ketama, uno de los grupos fundamentales del nuevo flamenco español, y Antonio Carbonell —hijo del cantaor Montoyita y primo de los propios Ketama— venía de una familia flamenca de pura cepa. El resultado en el festival fue, sin embargo, muy pobre: tras pasar la ronda de clasificación previa por audio que existió aquella edición, Carbonell terminó vigésimo de veintitrés participantes en la final, con solo diecisiete puntos. Un fracaso de audiencia europea que no resta ni un ápice de autenticidad flamenca a la canción en sí.

2005 — Son de Sol, “Brujería”

Son de Sol eran tres hermanas de Écija, Sevilla —Sole, Esperanza y Lola—, con un proyecto de flamenco-pop prácticamente desconocido fuera de España cuando ganaron la preselección nacional. “Brujería”, producida por Manuel Ruiz “Queco”, el mismo productor responsable del “Aserejé” de Las Ketchup, mezclaba melodías comerciales con compás y palmas flamencas. La fórmula no convenció al público europeo: España quedó vigésimo primera de veinticuatro participantes, con solo veintiocho puntos, uno de los peores resultados españoles en la historia del festival.

2023 — Blanca Paloma, “Eaea”

La participación más reciente de esta lista es también, según buena parte de la crítica especializada, la más pura desde el punto de vista estrictamente flamenco. “Eaea”, compuesta por Blanca Paloma junto a José Pablo Polo y Álvaro Tato, es una nana de nuevo flamenco dedicada a la abuela de la artista, y tiene el mérito histórico de ser la primera canción interpretada por bulerías en toda la historia de Eurovisión. En el escenario de Liverpool, Blanca Paloma actuó acompañada de tres bailaoras y dos palmeras, en una puesta en escena pensada explícitamente para mostrar el compás flamenco en estado puro, sin las concesiones comerciales de participaciones anteriores como la de Son de Sol. Quedó decimoséptima en la final, con cien puntos: un resultado modesto, pero una recepción crítica marcadamente positiva, en un contexto europeo que muchos analistas atribuyen en parte al llamado “efecto Rosalía” sobre la receptividad del público hacia el flamenco contemporáneo.

Dos mitos más que conviene aclarar: Ruth Lorenzo y Chanel

Además de Massiel, hay otras dos participaciones españolas relativamente recientes que suelen mencionarse de pasada como “flamencas” sin que la investigación sostenga esa etiqueta.

Ruth Lorenzo representó a España en 2014 con “Dancing in the Rain”, una balada pop-rock de proyección internacional, escrita por ella misma junto a Jim Irvin y Julian Emery. Su puesta en escena en Copenhague fue minimalista, centrada en un efecto de lluvia sobre el escenario y un vestido cubierto de cristales pensado para reforzar ese efecto visual, sin bailaores, sin palmeros y sin ningún elemento de vestuario o coreografía identificable como flamenco. Es una balada potente y una de las mejores interpretaciones vocales españolas del festival en años recientes, pero no hay en ella componente flamenco real más allá de la nacionalidad de la artista.

El caso de Chanel y “SloMo” (2022) es distinto pero la conclusión es la misma. La coreografía, obra de Kyle Hanagami, se ha descrito en la cobertura del festival como una mezcla de energía urbana, baile contemporáneo y una teatralidad muy marcada, y es, con toda justicia, una de las puestas en escena más celebradas de la historia reciente del festival. Pero no existe documentación fiable que confirme una influencia flamenca explícita y verificable en esa coreografía: ni las entrevistas con el propio Hanagami ni la cobertura especializada mencionan el flamenco como referencia consciente del montaje, más allá de la asociación genérica —y de nuevo imprecisa— entre España y “pasión latina” que rodea a cualquier artista española en el imaginario internacional del festival.

Un balance modesto pero real

El resultado de este repaso riguroso es, probablemente, más modesto de lo que la imagen tópica de “España es flamenco” haría esperar: de más de sesenta participaciones españolas en la historia de Eurovisión, solo un puñado —Conchita Bautista en 1961, Peret en 1974 con matices, Remedios Amaya en 1983, Azúcar Moreno en 1990, Antonio Carbonell en 1996, Son de Sol en 2005 y Blanca Paloma en 2023— llevaron al escenario un componente flamenco identificable y verificable, frente a decenas de participaciones de pop, balada o música de baile sin ninguna relación real con el género. Ni “La, la, la” de Massiel, la victoria más recordada, ni “Dancing in the Rain” de Ruth Lorenzo, ni “SloMo” de Chanel, tres de las participaciones españolas más exitosas o más virales del festival, tienen ese componente. Lo interesante, en todo caso, es que cuando el flamenco sí ha aparecido de verdad sobre el escenario de Eurovisión, lo ha hecho casi siempre con autenticidad, de Remedios Amaya cantando descalza en 1983 a Blanca Paloma llevando la bulería por primera vez a la final cuarenta años después.

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