Por qué la UNESCO declaró el flamenco Patrimonio de la Humanidad en 2010
Una fecha concreta: 16 de noviembre de 2010, Nairobi
El flamenco fue inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad el 16 de noviembre de 2010, durante la quinta sesión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, celebrada en Nairobi, Kenia. No fue una decisión aislada ni tomada a puerta cerrada en Madrid o Sevilla: fue el resultado de una votación de ese comité, formado por representantes de distintos países, reunido específicamente para evaluar candidaturas de patrimonio inmaterial de todo el mundo.
Conviene precisar desde el principio un matiz que se pierde con frecuencia en el lenguaje coloquial: el flamenco no entró en la lista de Patrimonio de la Humanidad a secas, la que asociamos con monumentos y sitios como la Alhambra o la Sagrada Familia, sino en un listado distinto y más joven, creado por la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de 2003: la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pensada para prácticas, expresiones, conocimientos y técnicas vivas, no para edificios ni objetos físicos.
Quién impulsó la candidatura y qué comunidades la respaldaron
La candidatura del flamenco fue impulsada principalmente por la Junta de Andalucía, a través del Instituto Andaluz del Flamenco, con el respaldo de los gobiernos autonómicos de Extremadura y Murcia, dos territorios con tradición flamenca propia y arraigada aunque de menor peso mediático que Andalucía. El expediente se presentó formalmente ante la UNESCO en 2009, tras un primer intento fallido en 2005 que no llegó a prosperar.
En el tramo final del proceso, ya en 2010, se lanzó la campaña de sensibilización “Flamenco Soy”, promovida por la Junta de Andalucía con el apoyo de Extremadura y Murcia, que incluyó una plataforma web donde el público pudo votar diariamente a favor de la candidatura: más de 30.000 personas de una sesentena de países distintos participaron en esa votación de adhesión, pensada para mostrarle al Comité Intergubernamental que el interés por el flamenco desbordaba con creces las fronteras españolas.
El flamenco no fue la única candidatura española evaluada con éxito en aquella sesión de Nairobi: ese mismo día el comité inscribió también los castells catalanes y el Canto de la Sibila de Mallorca, lo que convirtió al 16 de noviembre de 2010 en una fecha especialmente destacada para el patrimonio inmaterial español en su conjunto.
Qué reconoce exactamente la declaración
El expediente presentado a la UNESCO no describe el flamenco como un género musical cerrado, sino como una expresión artística que combina cante, baile (baile) y toque (guitarra y otros instrumentos), surgida del cruce histórico de culturas en el sur de la península ibérica —entre otras, la andaluza, gitana, andalusí y judía— a lo largo de varios siglos. Es esa dimensión de patrimonio vivo, transmitido de generación en generación dentro de comunidades concretas de artistas y aficionados, lo que la Convención de 2003 protege, y no una pieza musical, un disco o un estilo fijado de una vez para siempre.
Qué implica realmente esta declaración
La inscripción en la lista es, ante todo, un reconocimiento simbólico e institucional de primer orden: sitúa al flamenco al mismo nivel de relevancia cultural que otras expresiones inmateriales reconocidas por la UNESCO en distintas partes del mundo, y le otorga una proyección internacional que refuerza su prestigio como seña de identidad cultural española.
Lo que la declaración no supone, y conviene aclararlo porque genera confusión con frecuencia, es una partida de financiación automática ni un fondo económico que la UNESCO transfiera a España para sostener el flamenco. La inscripción conlleva sobre todo un compromiso: el Estado y las comunidades autónomas implicadas asumen la obligación de diseñar y mantener medidas de salvaguarda —documentación, transmisión a nuevas generaciones, apoyo al tejido asociativo y profesional, programas educativos— que garanticen la continuidad viva de la práctica, no su conservación como pieza de museo. La responsabilidad de financiar esas medidas recae en las administraciones españolas competentes, no en la UNESCO.
Qué cambió (y qué no) después de 2010
En el terreno de la visibilidad internacional, la declaración tuvo un efecto claro: reforzó la proyección del flamenco como reclamo cultural y turístico, especialmente en Andalucía, y desde entonces cada 16 de noviembre se celebra el Día Internacional del Flamenco en homenaje a esta fecha. También impulsó, en los años siguientes, un mayor esfuerzo institucional por documentar y catalogar el patrimonio flamenco, así como por incorporar su enseñanza a conservatorios y centros educativos de manera más sistemática que antes.
Al mismo tiempo, la declaración abrió un debate que sigue vivo dentro del propio mundo flamenco: hasta qué punto la proyección turística y comercial derivada del sello UNESCO ha beneficiado de forma tangible a los artistas y al tejido profesional del sector, frente al riesgo de una comercialización que, según algunas voces críticas, puede terminar diluyendo la autenticidad y la raíz más jonda de la expresión en favor de un espectáculo pensado sobre todo para el visitante. No existen cifras oficiales consolidadas y de consenso sobre el impacto económico directo de la declaración en el sector, por lo que conviene tratar con prudencia cualquier dato concreto que circule al respecto sin fuente contrastada. Lo que sí es constatable es que el debate sobre cómo compatibilizar proyección internacional y preservación de la raíz sigue siendo, más de una década después, una de las conversaciones centrales dentro de la comunidad flamenca.
Para seguir leyendo
- Para entender el recorrido histórico completo que llevó al flamenco hasta este reconocimiento, Historia del flamenco: de los orígenes al siglo XXI sitúa esta declaración dentro del contexto general del género.
- Para conocer otro momento clave en el que se debatió qué era el flamenco “auténtico” frente al flamenco comercial, El Concurso de Cante Jondo de 1922: la noche que Falla y Lorca quisieron salvar el flamenco explora un precedente histórico de esa misma tensión.