Sagas familiares del flamenco: los Habichuela, los Montoya, los Farruco
Un arte que se aprende en casa
El flamenco tiene academias, conservatorios y escuelas de baile desde hace décadas, pero durante gran parte de su historia el aprendizaje decisivo no ocurría en un aula, sino en la cocina, en el patio o en la cueva familiar. Se aprendía viendo tocar al padre, oyendo cantar a la abuela, imitando el braceo de una hermana mayor, hasta que el compás quedaba interiorizado casi antes que las palabras. Esa transmisión oral, de oído y de cuerpo, explica un fenómeno muy característico del flamenco: la existencia de auténticas dinastías, familias en las que el oficio pasa de padres a hijos durante tres, cuatro y hasta cinco generaciones.
Tres de esas sagas resultan especialmente ilustrativas por lo distinto de su recorrido: los Habichuela-Carmona, guitarristas granadinos del Sacromonte que llegaron hasta el pop-flamenco de Ketama; los Montoya, apellido gitano que dio al flamenco tanto al padre de la guitarra de concierto como, por otra rama, al patriarca de una dinastía de baile; y los Farruco, la familia que convirtió la farruca en su seña de identidad y que sigue llenando escenarios varias generaciones después. Repasarlas sirve para entender que el flamenco no solo se hereda como estilo, sino literalmente como oficio de familia.
Los Habichuela-Carmona: del Sacromonte a Ketama
La saga Habichuela-Carmona arranca en las cuevas del Sacromonte granadino, donde ya el llamado Habichuela el Viejo fue cantaor y guitarrista, y su hijo José Carmona Fernández, conocido artísticamente como José Habichuela, también se dedicó a la guitarra. De esa segunda generación nacieron los hermanos Juan y Pepe Habichuela, ambos criados en la posguerra entre las cuevas del Sacromonte, aprendiendo el oficio de su padre y de guitarristas del entorno como Juan Hidalgo Gómez, “El Ovejilla”.
Juan Habichuela (Granada, 1933-2016) desarrolló una de las carreras de acompañamiento más extensas del flamenco, ligado durante décadas al cantaor Fosforito y, a lo largo de más de cinco décadas, a prácticamente todos los grandes cantaores del siglo XX, de Camarón a Enrique Morente. Su hermano menor, Pepe Habichuela (Granada, 1944), se instaló también en Madrid y protagonizó, junto a Enrique Morente, un par de discos que abrieron nuevos caminos armónicos dentro del flamenco.
La tercera generación es la que llevó el apellido familiar a un público masivo. Antonio Carmona, hijo de Juan Habichuela, y José Miguel Carmona “Josemi”, hijo de Pepe Habichuela, se incorporaron junto a su primo Juan José Carmona “El Camborio” al grupo Ketama, formado en Madrid en 1984 con la idea explícita de cruzar el flamenco con otros lenguajes populares. Antonio Carmona se sumó a la formación en 1990, tras la marcha de los miembros originales José Soto “Sorderita” y Ray Heredia, y desde entonces Ketama se consolidó como uno de los grupos fundamentales del nuevo flamenco, con más de un millón de discos vendidos. En paralelo, otro miembro de la familia, Juan Carmona, nacido en Lyon de una rama malagueña emigrada, siguió una vía distinta, más orquestal y de fusión con músicas de la India, Irán y Marruecos, prueba de que una misma saga puede ramificarse en direcciones muy diferentes sin perder el mismo apellido de origen. La familia sigue activa hoy en una cuarta generación, con nietos de Juan Habichuela ya formándose como tocaores.
Los Montoya: el apellido que dio dos ramas distintas
El apellido Montoya ocupa un lugar singular en esta historia porque no designa una sola familia, sino un apellido gitano muy extendido que dio lugar a dos ramas de gran peso en el flamenco, unidas por un parentesco lejano más que por una genealogía directa. La primera es la de Ramón Montoya (Madrid, 1880-1949), considerado el padre de la guitarra flamenca de concierto: fue el primer guitarrista en grabar piezas de guitarra sola concebidas como obra independiente, sin cante ni baile, sentando las bases técnicas de las que partieron generaciones posteriores de solistas, entre ellos Sabicas, otro guitarrista gitano que llevó ese legado al exilio americano.
La segunda rama Montoya es la que da nombre al artículo dedicado a los Farruco, y su vínculo con Ramón Montoya es de parentesco lejano: Antonio Montoya Flores, “Farruco”, era sobrino nieto lejano del guitarrista madrileño, un parentesco que ilustra bien cómo, dentro de la endogamia artística de las familias gitanas flamencas, un mismo apellido puede aparecer en ramas de la genealogía bastante distantes entre sí, dedicadas además a disciplinas distintas: unos a la guitarra de concierto, otros al baile.
Los Farruco: el baile como apellido
La familia Farruco toma su nombre artístico de Antonio Montoya Flores, “Farruco” (Pozuelo de Alarcón, 1935-Sevilla, 1997), que adoptó el apodo de su madre, conocida como “La Farruca”. Criado en una familia gitana de canasteros y formado enteramente dentro de la tradición oral familiar, sin pasar por academias, Farruco se convirtió en una de las figuras del baile jondo más admiradas de la segunda mitad del siglo XX, con un estilo vigoroso y temperamental asociado sobre todo a la farruca, el palo de folclore regional aflamencado que él mismo popularizó como espacio de lucimiento masculino.
Farruco tuvo cinco hijas, todas ellas casadas con gitanos, y en 1977 fundó junto a dos de ellas, Rosario “La Farruquita” y Pilar, el grupo Los Farrucos, germen de la escuela de baile que abrió en 1986. Su nieto, hijo de Rosario Montoya y del cantaor Juan Fernández Flores “el Moreno”, nació en Sevilla en 1982 y heredó tanto el nombre artístico como la escuela de baile de su abuelo: hoy es conocido como Farruquito y está considerado una de las principales figuras del baile flamenco contemporáneo, con debut en Broadway a los cuatro años dentro del espectáculo “Flamenco Puro”. La familia Farruco-Montoya sigue siendo, más de dos décadas después de la muerte del patriarca, una de las grandes dinastías activas del baile flamenco, con varias generaciones sobre los escenarios al mismo tiempo.
Cómo se transmite realmente el oficio
Lo que tienen en común estas tres sagas, más allá de las diferencias entre la guitarra de acompañamiento, el pop-flamenco y el baile jondo, es un mismo mecanismo de transmisión. El aprendizaje no empieza con una decisión consciente de dedicarse al flamenco, sino con la simple exposición constante desde la cuna: crecer viendo ensayar, escuchando tocar en la cocina, acompañando a los mayores a los tablaos desde niño. Muchas de las figuras citadas —Ramón Montoya en los cafés cantantes madrileños, los hermanos Habichuela en las cuevas del Sacromonte, Farruco en el entorno de su propia familia de canasteros— aprendieron así, sin pasar por ninguna institución formal, en un momento en que ni siquiera existían escuelas regladas de flamenco.
Ese modelo ha convivido después con una profesionalización creciente: conservatorios de guitarra flamenca, escuelas de baile con programas estructurados, festivales y concursos que ya no dependen tanto del apellido como del mérito individual. Pero incluso en la generación más joven de estas mismas familias —el nieto de Juan Habichuela formándose como tocaor, el bisnieto de Farruco ya sobre los escenarios— el patrón de fondo sigue siendo el mismo: el arte se sigue mamando en casa antes de perfeccionarse en cualquier otro sitio, y ese hilo familiar ininterrumpido es, probablemente, una de las razones por las que el flamenco conserva hoy una autenticidad que resultaría muy difícil de fabricar solo desde una escuela.
Para seguir leyendo
- Para entender el papel central que ha tenido la guitarra en varias de estas sagas, desde Ramón Montoya hasta Paco de Lucía, Historia de la guitarra flamenca: de la vihuela a Paco de Lucía sitúa esa evolución técnica en su contexto completo.
- Para ver cómo estas familias encajan dentro del recorrido general del género, Historia del flamenco: de los orígenes al siglo XXI ofrece el mapa completo de etapas y protagonistas.
- Si te interesa profundizar en el palo que da nombre a toda una dinastía, la ficha dedicada a las farrucas explica su origen gallego-gaditano y su evolución hacia el baile.